50 años de Els altres catalans

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Pepe Gutiérrez-Álvarez

Este año se cumple el 50 aniversario de la edición del la obra testimonial de Francisco Candel, Els altres catalans, fue y sigue siendo el  mayor aporte jamás escrito sobre la emigración del sur campesino a la Cataluña industrial y proletaria.

Sí actualmente existiera algo parecido a lo que llegó a ser el movimiento obrero y vecinal de los año setenta, de buen seguro que la conmemoración habría bulliciosa, horizontal. Habría dado lugar a jornadas, congresos, conferencias, debates, todo ello animado por una fuerte participación y acaloradas discusiones, la obra de Candel da materia para eso y más.

Sin embargo, de todo aquello apenas sí quedó nada. La izquierda militante apenas si comienza a rehacer después de varias décadas en la que hemos pasado del reformismo sin reformas, al reformismo al revés, o sea a unas reformas laborales en las que los empresarios piden poco menos que el despido libre y gratuito. Durante décadas, el pueblo se quedó en casa, las calles se vaciaron de reivindicaciones y los debates y discusiones de antaño se perdieron y la izquierda institucional dedicó su tiempo al juego político de los votos.

Esto es lo que explica que, con el campo popular totalmente vacío, CiU, la Generalitat y Jordi Pujol se haya poco menos que apropiado del Candel. Lo han convertido  en un escritor que ya no molesta, en el representante de una  integración “nacional” que en labios convergentes quiere decir sobre todo “integración social”. Recordemos que .con obras como Els altres catalans, sin olvidar muchas otras (Hay una juventud que aguarda, Han matado un hombre, han roto un paisaje, etc.), Candel da voz a las barracas en lugar donde “la ciudad cambia de nombre”, lugares como los alrededor del “Nou Camp” por citar un ejemplo, por supuesto ya olvidado. El paisaje candeliano de fondo aparecía estrechamente ligado a la recomposición de los movimientos vecinales, a luchas contra los vertederos, por las plazas públicas, por tener lo propio, una escuela,  un ambulatorio. Un paisaje que el plaga neoliberal está vaciando de contenidos.

Por lo que sé, solamente en L’Hiospitalet se han organizado una serie de eventos, algunos auténticos como la conferencia que impartirá Jaume Botey, sin duda una de las autoridades sobre la cuestión, autor de Cinquanta-quatre relats d´immigració que editó el Centre d’Estudi de l’Hospitalet en 1986.

Els altres catalans fue un verdadero milagro en su momento. De entrada, liza y llanamente porque la permitieron. Lo recuerdo muy bien, apareció en la “Col-lecció a la abast”  de la editorial Península. Solamente en 1964 conoció hasta cinco ediciones (marzo, mayo, junio, septiembre y noviembre). La colección se había inaugurado con otra obra rompedora, Nosaltres, el valencians, de Joan Fuster, una de las plumas más intensas y refinadas de la resistencia.  Luego vinieron entre otros, Maragall i la Setmana Tràgica de Josep Benet, una de las primeras lecturas que me acercaron a la historia del anarcosindicalismo, y también Autocrítica del arte, de mi paisano José Mª Moreno Galván, “Joseíto” en mi ámbito familiar y culpable de que me enganchara a la revista Triunfo, como antes me había enganchado a otra llamado Siglo XX que no duró mucho. En la misma senda irrumpieron otras editoriales como Nova Terra, Edició de Materials, o Fontanella que pusieron a nuestro alcance libros que hasta entonces únicamente se podía encontrar en las trastiendas de algunas librerías como la Porter o Ancora&Delfín, etc.

Pienso que cada uno de nosotros (de aquel entonces), tenemos nuestro propio recuerdo de  Els altres catalans. Personalmente, el libro me hablaba de la emigración que estaba viviendo,  de la cultura, de aquellos obreros veteranos catalanes que estaba conociendo en el barrio, en las empresas, catalanoparlantes que, para mí sorpresa, algunos eran murciano, parte de otra emigración mucho más minoritaria.  De mano de uno de ellos, Francesc Pedra, nos dirigíamos a la Llibreria Porter, situada en la Porta del Angel, pero antes de llegar un conocido  nos informó que la policía lo había prohibido y estaban pidiendo la documentación. También recuerdo otra tentativa de presentación en la escuela de la Iglesia de San Ramón Nonato, en Coll-Blanch, donde servidor acababa de sacar el certificado de estudios primarios.  Tampoco lo dejaron hacer y es que una cosa era permitir libros como el de Candela, que trataba frontalmente de un hecho que iba a remodelar desde la A la Z el perfil demográfico catalán y otra muy distinta, permitir, permitir un acto público democrático, para mí el primero en el que intervino la policía.

Candel agrupaba y daba forma a un enorme contingente de historias y anécdotas con los que configuraba una reflexión de enorme calado sobre la cuestión nacional catalán y el problema humano de los emigrantes, a muchos de los cuales le costaba creer que estaban “en otro país”.  Luego, sobre todo en la segunda mitad de los setenta, se publicaron otros trabajos de campo, pero ninguno de ellos quedó como quedaría el de Candel que reconstruía una realidad sobre que luego se teorizaba con el optimismo de aquella época en la que hasta Jordi Puijol declaraba admirar la Suecia de Olf Palme.

Ofrecía un panorama desde aquí, pero también habría que hablar desde allá. La emigración no fue, ni mucho menos, voluntaria. Fue forzada, el producto de la derrota de los pueblos del sur ocupado a sangre y fuego en nombre de Dios y España. Un pueblo que se había resistido a la emigración  mientras pudo soñar con una reforma agraria que les reconciliara con la tierra. La emigración despobló las zonas agrarias. En mi pueblo por ejemplo, no fue hasta más de tres décadas después que se recuperó el mismo nivel demográfico. Mi familia se partió en dos, los que nos venimos  nos disgregamos en lugares distintos.

Nosotros éramos Els altres catalans, ya éramos de aquí porque Cataluña era donde vivíamos y trabajábamos, algo sobre lo que ahora se impondría una nueva reflexión candeliana que partiera del hecho de que los nuevos emigrantes no tienen papeles ni trabajo. Lo éramos tanto o más que los catalanes de Vichy, los Cambó o López Rodó que interpretaron la guerra como una victoria contra “los murcianos”. Que los de Fomento tan bien encarnado por personajes como Rosell, que parece haber nacido para encarnar a Nerón en una nueva versión de Qvo Vadis?.

Los que lo leíamos en la lengua de Maragall sin mayores problemas, entre otras cosas Éramos en no poca medida exiliados y tomamos Cataluña como “tierra de promisión”, que lo fue, sobre todo para los que éramos jóvenes, aunque no lo podía ser de nuestros abuelos y padres que venía no por Cataluña, venían por nosotros. Obviamente, para ellos el “fet diferencial” les resultaba lejano y extraño. Candel describe con todo lujo de detalles aquellos años cuando con sus trenes hacinados, sus vagones de madera que parecían rebotados con la puntualidad, las maletas de cartón,  las cajas amarradas con cuerdas, el pan y el chorizo repartido buenamente. El destino eran los pisos baratos, muchas veces con una familia en cada habitación, algunos en alguna barraqueta. Éramos mano de obra barata que madrugaba para regresar a casa de noche, las horas extras, el destajo o y el pluriempleo, todo para salir del agujero.

Obviamente, para los más inquietos e inquietas,  Paco Candel se erigió en uno de nuestros referentes más vivos. En el escritor que había salido de la nada, el que hablaba de gente nuestra, de los últimos, y lo hacia en novelas y ensayos que se vendían a precios asequibles en editoriales como Plaza&Janés que era una temprana abanderada del libro de bolsillo, obras que raramente superaban las 100 páginas, que te la metías en la bolsa junto con la fiambrera y las podías leer en los trayectos al “currelo” y en las horas del bocadillo o de comer,  robando tiempo donde podías. En ese trayecto se dieron diversos tiempos. Llegado a cierto punto, Paco nos pareció siempre un compañero, alguien que nunca se equivocó de barricadas, desde mi punto de vista, un tanto “naif”, de manera que hasta se creyó que habíamos llegado a la democracia y tomó parte en un tinglado llamado Senado. Luego, la prensa lo trataba de exsenador y el sería diciendo que había sido muchas cosas, pero lo de ex únicamente se lo decían por una actividad en la que no tuvo tiempo ni de decir esta boca es mía.

Durante todo estos años he guardado mi primer ejemplar de Els altres catalans, me ha acompañado en clandestinidades, luego en traslados y separaciones. Siempre que lo repaso y leo (en parte), lo encuentro ameno, me retrotrae a historias de todo tipo y me invita a la reflexión. Pienso que todavía hay mucho que hablar desde el momento en que Cataluña está recuperando el pulso democrático y social, algo de lo que fueron los años de las resistencias. Ha pasado medio siglo y el perfil de Cataluña ha dado varias vueltas. Los nietos y nietas de Els altres catalans, se han hecho de aquí por más que nadie deba de olvidar sus raíces, el carácter mestizo, fronterizo, de su identidad. Pero esa identidad es catalana desde el momento en que no se trata de romper con  nuestra gente. Se trata de decir No a un Estado que ha variado de forma pero sigue representando a los de siempre.

Sería una verdadera lástima que las discusiones sobre el Candel y Els altres catalans se quede en los palacios y no baje a las chozas a través de entidades como Súmate y de otras situadas en las barriadas y ciudades de peso emigrante.

Nota: En un ya lejano artículo mío para Kaos con ocasión del fallecimiento de Candel,  Guillermo Saez (23-11-2007), escribió el siguiente testimonio que creo oportuno reproducir:

Hola Pepe, he leído con  atención tu artículo, porque “el Candel” como lo llamaba mi madre fue, junto a su mujer “la Maruja”, sus padrinos de bautismo y de boda. Era buena gente, he leído también que hubo como “un mito de una resistencia en las barracas de Montjuic por una olor que nos hacía la vida imposible” fue cierto y es que durante un montón de años los vertederos de basuras de Barcelona eran la montaña de Montjuic,y los utilizaban para tapar las cuevas que durante la Guerra Civil fueron los refugios de los vecinos de estos barrios. Esto generaba una cantidad de gases de olor insoportable sobre todo en verano, a base de manifestaciones y tras unas inundaciones que destrozaron el barrio de Can Clos, se paró el tráfico de camiones de fomento hacia Montjuic hasta que al final se consiguió que dejara de ser un vertedero y con el paso de los años, muchos años 30+/-, se tapó toda la basura de la montaña y se construyó lo que ahora son el Sant Jordi y la montaña Olímpica de Montjuic. En lo que te refieres al movimiento vecinal en los barrios, es cierto, y el poco que hay se presta a los partidos políticos a fin de conseguir subvenciones para sus actividades particulares y así están calladitos sin molestar mucho. Pero aquí en la Zona Franca hay una Plataforma que lucha por un Polideportivo que existió hace años y que ahora tiene previsto hacer pisos, cómo no! si quieres informarte conecta en Paco era buena gente (creo que es la definición más justa).

Pepe Gutiérrez-Álvarez. Escriptor, Sant Pere de Ribes

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