Como no ser Felipe González

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Pepe Gutiérrez-Álvarez

Hay voces –en los medias pero también en la calle- que comparan el ambiente creado por la irrupción de PODEMOS en el escenario político, con el que se vivió en la calle con la victoria socialista de 1982, y no falta quienes apuntan similitudes en el hiperliderazgo en un caso y otro.

Se trata de semejanzas forzadas, la situación de fondo no es la misma (el miedo al ejército ya no es el factor determinante), ahora estamos “de vuelta” de promesas e ilusiones y, ni Pablo Iglesias se parece a Felipe, además hay que hacer todo lo posible para que no se parezca. Empezando por impedir que crezcan los “felipistas” o sea los que le dieron la vuelta al guante de los programas para colocarse, para tener “un chollo”, como decían en Andalucía.

Sobre la buena fe de la esos graneros tengo constancia directa con la practica totalidad de mi familia tanto aquí como en Andalucía. Pero también la tengo de que eso empieza a cambiar y de verdad. Los que siguen votando la misma opción, por lo general lo ocultan.

Aunque solamente sea por eso, quizás no esté de más establecer una cierta reflexión sobre Felipe y el “felipismo”, un verdadero fenómeno social del que se pueden encontrar ejemplos no solamente en Europa, sino también en el Brasil del PT que, en un principio, parecía muy diferente. Se podría decir que durante las últimas décadas, la tendencia “felipista” en la decadente izquierda tradicional (a veces con pretensiones renovadoras como la de los Verdes germanos), ha sido dominante. Es el mismo fenómeno que en Italia ha dado al traste con el “pueblo de izquierda” en Italia.

El felipismo nació allá por mitad de los años setenta con el viento de cara. En 1974 se impuso al arqueológico Rodolfo Llopis en el Congreso del PSOE Suresnes al frente de un equipo de jóvenes andaluces y vascos que estaban en la clandestinidad –una clandestinidad suave, todo hay que decirlo- y que hablaba de socialismo en oposición a socialdemocracia, diciendo cosas como no había democracia sin socialismo y viceversa. Con este discurso casi de izquierda radical, Felipe irrumpió en la legalidad catalizando a muchísima gente, no tanto de los militantes clandestinos (aunque algunos hubo “rebotados” de las duras crisis partidarias), sino ante todo de la “orla” o sea, del personal “progresista” que ayudaba y contribuía con los ilegales. La imagen del PSOE Renovado operó el milagro de aparecer como aire fresco frente a la gerontocracia comunista, como un rostro simpático y sonriente en oposición a la cara de perro del antifranquismo más comprometido.

Esta aparición fue muchas cosas, menos espontánea. Tal como había sucedido en Portugal donde el antesdeayer inexistente PSP de Mario Soares se manifestaba por las calles gritando “!Partido socialista, partido marxista”, el PSOE tenía que entrar en el escenario mostrándose tan de izquierda o más que los comunistas solo que más jóvenes y abiertos. Se preparaban para ocupar un espacio para el que el propio Fraga Iribarne le estaba facilitando el camino, el espacio de la izquierda posible. El papel de amortiguador en el caso de que la derecha fuese desplazada, el medio para neutraliza a los comunistas que se habían convertido en el único partido de masas del Estado superando las duras pruebas de la represión.

Las movilizaciones estaban dando al traste a la “Reforma” de Arias –quien por cierto pronunció una frase que ahora se repetía en una editorial de El País: se reforma lo que se quiere mantener-, las elecciones de 1977, aunque preparadas en el tablero de la reforma pactada, demostró que el país se inclinaba hacia la izquierda por más que el aparato del Estado seguía intacto. Fue evidente que el terreno electoral no era el mismo que el de las luchas, de manera que el PSOE que en la calle o en los movimientos no había pintado nada, se erigió como el primer partido de la izquierda en un tiempo en el que “el comunismo” entraba abiertamente en crisis como lo demostraba el hecho de que las huelgas más combativas de la época se estaban dando…en Polonia. Fue una de las pocas veces en las que nuestra derecha se manifestaba a favor de los trabajadores y de los sindicatos.

El discurso reformista enérgico a la manera de la izquierda laborista en 1945 (véase la peli de Loach, “El espíritu del 45”), duró hasta febrero de 1981. Ahora el PSOE se manifestaba diciendo que no era un partido marxista, lo que significa aceptar las condiciones que lo que el régimen del 78 le exigía para gobernar. Podía ganar con su programa, pero siempre que a la hora de la verdad aplicara las medidas que el pueblo nunca habría aceptado de haber venido de mano de derecha desprestigiada por sus viejas complicidades.

La victoria del 82 llegaba después del 23-F, pero también después de un periodo de expansión económica que había permitido avances sociales muy importantes. Cuando se dice que en este país nunca se ha vivido como en las últimas décadas, se olvida que hay mucha verdad en aquello de contra Franco vivíamos mejor. La lucha contra el franquismo fue ante todo una lucha sindical obrera, así como una lucha vecinal por las mejoras de las infraestructuras, de logros en las escuelas, en la sanidad…También se tradujo por una verdadera “revolución” en las costumbres y formas de vida. En una país donde años atrás el matrimonio era sagrada, dos de cada tres matrimonios se separaba. De una manera u otra –destajos, pluriempleos, horas extras-, el pueblo trabajador consiguió mejorar ostensiblemente. Parecía que lo más coherente era seguir por este camino, ahora de manera legal, pacífica, a través del “consenso”  y de las instituciones.

Pero en realidad dicho consenso no existió. Situados en medio de la gran oleada social, los pactos establecidos fueron una claudicación en toda regla. La derecha, como no podía ser menos, tuvo que reconocer, que legalizar, un conjunto de libertades que ya  estaban en marcha por abajo. Se encontraba cercada si bien mantenía integro los poderes fácticos, su capacidad de represión, la advertencia de una nueva guerra cuya traducción real era que el ejército podía volver a ocupar el país como entonces. Fue la derecha la que impuso las reglas del juego, la que situó a la monarquía y al ejército por encima de la constitución, la que mantuvo la vieja nomenclatura, la del “café para todos” porque la vieja España no permitía ninguna otra nación, y la que, finalmente, impuso los Pactos de la Moncloa con unas contrapartidas que eran un verdadero “choteo”. Fue entonces cuando se empezó la gradual desmantelación del “Estado del Bienestar” que había empezado a imponer contra Franco.

Entre el horror franquista y los miedos a los comunistas o a una revolución, el PSOE apareció como la mejor de las alternativas posibles. Le avalaba la historia, pero sobre todo las experiencias más avanzadas de la socialdemocracia europea. Eran experiencias que no se mostraban tanto en obras teóricas como era propios de marxistas y anarquistas, sino por los datos que aparecían en la prensa, por lo que se veía en el cine cuando por lo que contaban los emigrantes.

Estaban limpios de historia, prometían mejoras que todavía se manifestaron en el terreno de la administración en contraste con la garrulería franquista, pero sobre todo en el municipalismo reformista que avanzó hasta que Aznar trajo la Ley del Suelo. Por lo general, a gente confundía los logros en la calle y la modernización de las costumbres con el felipismo que tuvo dos mayoría absolutas o sea dos momentos en los que pudieron cambiar algunas normas que traicionaban su programa cuando las firmaron en 1978. Lo que en 1978 se había venido como algo inevitable para evitar una guerra civil, se había convertido en un fin en sí mismo. También el PSOE se había convertido en un partido para sí y para sus beneficiarios.

Esta transformación fue encarnada por Felipe mejor que por nadie. El joven abogado laboralista de la chaqueta de pana que presidía manifestaciones a favor del socialismo y los trabajadores, se ha convertido en alguien que cuando empieza estallar los casos de corrupción era capaz de proclamar que se trataba de acusaciones tan falsas como las que se habían vertido contra Pablo Iglesias, aquel abuelo que sirvió de referente para la campaña publicitaria de “100 años de honradez”. Era el mismo que proclamaba en un congreso que él dejaría el poder con lo puesto, con la misma calderilla  con la que había entrado. Ahora el tipo que visitaba a Sukarno, que colocaba a su gente en lugares como la Trilateral, que definía el franquismo como un “autoritarismo”, que daba la espalda al POLISARIO, a los sandinistas, etc.

Felipe junto con Guerra y otros barones, aprendieron a gestionar el partido siguiendo los parámetros de los aparatos políticos norteamericanos, maniobrando para que los posibles disidentes acabaron todos bien “colocados”, o  bien condenados al ostracismo. Lo cierto es que la cosa le funcionó, hasta que dejó de funcionar. En toda esta historia, la derecha siempre mantuvo la ofensiva, desde la oposición hasta que, en este final de etapa, el diseño del bipartidismo aparece desequilibrado. De entrada porque mientras la derecha resulta “coherente”, el PSOE ha traicionado una y otra vez su base social, una base social compuesta por el pueblo con miedo, derrotado, que ya no es la misma. También porque la derecha ha logrado hegemonizar todos los medios, en tanto que el PSOE sigue bajo un árbol –el de PRISA- que no ha permitido que crezca ningún otro a su alrededor.

Al final de esta historia, aquel joven que era aclamado por la gente, ahora no podía pasear por unas ramblas sin una fuerte escolta y no precisamente por miedo a algún atentado  Ha dilapidado el capital de apoyos que tenía y ha creado una empresa en la que como es propio,  lo que dice tiene poco o nada que ver con lo que hace.

Quizás su principal mérito sea haber dejado bien claro que, gracias a su ejemplo, ahora tenemos que aprender muy bien como no ser Felipe González. Felipe consiguió un cheque en blanco de un pueblo que necesitaba creer que votarle era lo mejor o lo menos malo que podía hacer, también consiguió el apoyo  incondicional de todos aquellos y aquellas que lo vieron como un ejemplo insuperable de lo que la presidenta de la Junta de Andalucía llama “movilidad social”.

Hay que buscar un antídoto contra la corrupción, sobre todo contra la corrupción de las ideas.  Un principio tan viejo como la política es que no se puede aceptar que un servidor público gane mucho más que una persona trabajadora, el otro es rechazar  las grandes palabras cuando no se corresponden con lo actos, también es muy importante la asamblea participativa…

Pepe Gutiérrez-Álvarez. Escriptor, Sant Pere de Ribes

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