Jordi Pujol, el último intocable

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Pepe Gutiérrez-Álvarez

FOTO: Albert Bertran

FOTO: Albert Bertran

Cuando alguien tan sagaz y tan pagado de sí mismo como Jordi Pujol se haya descolgado con unas “confesiones” tan abrumadoras como reveladoras, hasta el punto de poner en cuestión su propia “honorabilidad”, de alguien que ha sido hasta ayer el principal pilar institucional del nacionalismo conservador, es que, de buen seguro, ha tratado de evitar un mal mayor.

En la historia oficial de la Transición, ningún otro representante directo de la gran burguesía gozaba del prestigio democrático de este hombre, cuyo destino aparecía ligado al de la Cataluña autonómica. Había protagonizado un acto de protesta contra un régimen que había logrado la felicidad de unos empresarios que llamaban a los “grises” al menor problema con sus trabajadores. Aunque esta gesta puede considerarse como ínfima en contraste a la represión padecida por anarquistas y comunistas, fue más que suficiente para que Pujol, que en los años setenta se presentaba como admirador de la socialdemocracia sueca, consiguiera “representar” una burguesía democrática a la que nadie había visto en la clandestinidad. Gracias a estas credenciales, Pujol llegó a ser alguien por encima de toda sospecha.

Pero hay que decirlo todo: su “irresistible ascenso” no habría sido posible sin la complicidad abierta de la izquierda. En la misma coyuntura en el que el nacionalismo convergente imponía sus dioses conservadores, el PSUC se desintegraba en un debate entre sordos, la cuestión social pasaba por la puerta de servicio y el bipartidismo también hablaba catalán. Lejos de representar una resistencia, el “mundo de la cultura” que había sido psuquero hasta entonces, se pasó en su mayor parte área convergente. Un CiU que impuso un nacionalismo lingüístico que, en ausencia de la apuesta nacional y de clase (trabajadora) del PSUC, permitió el auge neolerrouxista, primero de Vidal Quadras –sacrificado por Aznar para pactar con Pujol- y después de Ciudadanos.

Leyendo la prensa y las declaraciones, parece que lo “sorprendente” es el rasgo más destacable de las “confesiones”. Sin embargo, no dejan de ser la culminación de una montaña de escándalos. Por supuesto, la de los “herederos”, de los Pujol Ferrusola por supuesto que ahora quedan –definitivamente- en el “culo al aire”,  Pero también de una larga lista que cubre casos tras casos, comenzando por el de Banca Catalana hasta llegar al “caso Palau”,  eso por hablar solamente de los más conocidos.

Casos que van acompañado con la evolución pujolista desde el idealismo “socialdemócrata” más verbal que efectivo, hasta el neoliberalismo. Tipo lúcido donde los haya, Pujol fue consciente desde el primer día que la consigna era “privatizar”. Astuto como un cardenal, fue dejando declaraciones bastante precisas sobre los temas sociales más candentes. Recuerdo que al principio de los años ochenta, hablando sobre un caso de dependencia de uno de sus colegas más celebrados –Ramón Trías Fargas-, declaró que el trata ejemplar recibido por la persona dependiente demostraba que estas cosas debían de estar en manos de la familia y no del Estado, olvidando el pequeño detalle que Trías Fargas no necesitaba ayuda del Estado para tener el mejor equipo especializado para ayudar a su hijo. En plena campaña electoral que le dio la victoria en 1981, se detuvo ante un “captaire” (mendigo), para declarar como el que no quería la cosa que, lamentablemente, estas cosas se iban a hacer cada vez más habituales.

Como católico practicante, Pujol no dudaba en sacar a relucir sus referentes “sociales” cristianos cuando los necesitaba. Pero lo cierto era que, mientras él podía presumir ante una ama de casa del barrio marginal de Bellvitge que “tenía a sus hijos ya colocados” (¡y tan colocados¡), los “nuevos catalanes” que lo eran porque vivían r y trabajaban en Cataluña según frase célebre, ya no lo deberían ser tanto porque una parte cada vez mayor de ellos mal vivían y no tenían trabajo en Cataluña.

Durante tres largas décadas, el pujolismo social pudo defender su honor aduciendo que atacarles a ellos era atacar a Cataluña. Esta era una frase favorita entre los convergentes, la siguiente era “si no te gusta Cataluña, puedes marcharte a Cuba. Aquí, cuando algún periodista se salía del guión y preguntaba lo que no debía, su respuesta era proverbial; “Aixó no toca ara”. Nunca tocaba. Y sí tocaba como cuando a Pascual Maragall se le fue la olla y sacó a relucir lo del 4 por ciento, siempre había una comisión –a veces presidida por la izquierda domestica, por ICV incluida-, que ponía las cosas en su sitió y la sangre no llegaba al río. CiU tenía a la izquierda institucional cogida literalmente por los “güevos” de manera que Pujol pudo seguir manteniendo su halo de Churchill catalán.

Ahora el rey se ha quitado la ropa antes de que alguien demostrara que estaba desnudo, me parece que ahora el último intocable que queda unos cuantos empezando por el rey y por Aznar, el padrino de Blesa entre otros “chanchullos”.

Con sus “confesiones” cae otro de los iconos de la Transición, ahora solo falta que Roca i Junyet, el abogado de los reyes desnudos le defienda y que Felipe González repita aquello de que dejó el gobierno con los mismos ahorros con los que había entrado. Ahora CiU saca del sombrero el conejo de su “valentía” en declarar, las derechas apuntan contra el proceso soberanista, Alfred Bosch declara su tristeza por un árbol patrio infecto, los tertulianos claman contra la corrupción…A nosotros nos toca hablar de la corrupción y de los corruptores que non aparecen en la foto. Los mismos que no permitieron que ningún parlamentario se atreviera denunciar los manejos de la “burbuja inmobiliaria” o de los negocios de las privatizaciones.

Para nosotros se trata de traducir  a los hechos el mensaje que nos dejó Miquel Martí i Pol:

Ara es demá.
No escalfa el foc d`ahir
Ni el foc d’avui,
I haurem de fer un foc nou.

Pepe Gutiérrez-Álvarez. Escriptor, Sant Pere de Ribes

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