Podemos y el derecho a decidir (en todo)

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Pepe Gutiérrez-Álvarez

Meterse en Podemos tiene su parte de aventura, no hay día sin una o varias novedades de calada “histórica”. Anteayer fue el desembarco de Pablo Iglesias en Barcelona donde dejó clara sus preferencias sobre el “fet nacional” catalán, ayer  nos enteramos que una encuesta sobre la intención de voto en Euzkadi la colocaba un poco por debajo del PNV que ha ganado todas las elecciones desde 1977.

Estas expectativas se hacen notar en la calle, ahora ya no se comenta tanto el auge sino, ¿cómo lo vais a hacer?, que es justo lo que me acaba de preguntar el tendero que había sido concejal por el PP y que ahora brama contra sus antiguos jefes. Semejante aceleración se explica por la ira acumulada, una ira que ha ido ganando terreno a la resignación que todavía pesa lo suyo.

Los poderosos se habían pensado que la gente de la calle “estaba pillada”, que podrían llevar a cabo su contrarrevolución social sin problemas digno de mención. Todo estaba atado y bien atado. La última tentativa de respuesta, la de la IU de Anguita –programa, programa, programa-, fue desactivada sin  reacción social por una maniobra movida entre Felipe y PRISA. Eso sí, con la connivencia de las Comisiones Obreras del emblemático José Mª Fidalgo y de lo que se vino a llamar “la izquierda transformadora”, que por nombre no iban a discutir.

Luego nada. Hasta hace un par de años nadie parecía dudar  que quedaba bipartidismo para rato, después, parecía que para ganar, el PSOE se vería obligado a echar mano de IU como en Andalucía. Los amantes de los buenos cargos, la estirpe de Moran Santin. Ángel Pérez y otros “cuadros”, se las prometían felices.

Ya lo había dicho Cioran: no había donde ir. Sin embargo, habían pasado cosas en América Latina, había aparecido Sirizas (que no era como IU por más que Cayo Lara lo proclamara), las revueltas árabes, el 15 M. Esto abrió una brecha por la que irrumpieron la izquierda de las naciones periféricas: Bildu, Anova y las CUP. Aquí en  Cataluña más claramente que cualquier otro sitio,  la respuesta a la crisis se tradujo con una enorme movilización ciudadana que acabó desbordando todas las previsiones y obligó a Mas a cabalgar el tigre. Los intereses de éste no eran diferentes a los de Rajoy, pero su juego sí, y en política hay que saber hilar muy fino.

Podemos llegó con hambre atrasada. Habían pasado varias generaciones desde que Felipe le dio la vuelta al guante de sus promesas para gestionar las medidas que la derecha era incapaz de aplicar contra el pueblo. Así, por citar un solo ejemplo, en la localidad de Sagunt ganaron las elecciones por mayoría absoluta con un programa contrario al desmantelamiento industrial, una mayoría que luego utilizaron para legitimarlo, habían invertido la democracia. También lo hicieron cuando impusieron un sistema judicial fuerte con los robagallinas, inexistente para los señores. Lo pudieron hacer porque el precio de la Transición comprendía la destrucción de una izquierda  digna de este nombre. Una izquierda insumisa que apostó pacientemente por un nuevo comienzo, de un tiempo en el que la calle comenzó a ser ocupada de nuevo por los desposeídos.

Podemos aparece como la culminación política de todo ese proceso. En su conformación confluyen varias capas, siendo el principal el compuesto por los activistas de las plazas del 15 M. Luego viene otra de antiguos combatientes con más historia por detrás que por delante, pero que saben de experiencias de confiar en las jerarquías partidarias. Otra congrega a personas afectadas por las agresiones que han tomado conciencia. También hay una capa de gente que se había tragado el cuento de que no había vida fuera del bipartidismo, y por supuesto están los “carreristas”, los que se suman al carro de la victoria. Se distinguen por su amor a los cargos y por su tentación en blindarlos, aquí el control democrático y los límites deben de ser factores muy rigurosos.

Esta heterogeneidad de generaciones, escuelas e intereses, hace ardua las tareas organizativas propias de una formación que ha cogido el tren de la historia a una velocidad sin apenas antecedentes. Tal dificultad resulta todavía superior en las naciones sin Estado como Cataluña donde confluyen los dos fenómenos sociales que más preocupan a los poderosos y sus abogados, como dejó declarado el Gran Botín.

Según las encuestas, Podemos alberga a mucha gente indecisa sobre el derecho a a la independencia. No creo equivocarme en aseverar que  una mayoría cree que los derechos sociales  están por encima de los nacionales,  que piensan que estos son utilizados como una cortina de humo por convergentes y por ERC, cuyo discurso “socialdemócrata” no aparece en el momento de la verdad.

Seguramente no somos pocos los y las,  que entendemos como imprescindible una inteligente ecuación entre ambos derechos, por lo tanto, el pronunciamiento a favor del derecho a decidir,  incluyendo la independencia sí una mayoría lo quiere así, luego ya se tratará con el resto de España de tú a tú. Esta opción encaja perfectamente con la idea tan extendida de dicho derecho debe resultar extensible a todos y cada uno de los grandes temas sociales afectados por el virus privatizador y por los privilegios de los grandes empresarios que gozan casi de las mismas prerrogativas que la antigua “nobleza” contra la que se levantó el pueblo en 1789.

Desde este punto de vista, existen posibilidades muy amplias de crear plataformas municipalistas democráticas siguiendo la estela de Guayem,  lo mejor que Podemos está haciendo en el Principado. En este cuadro, la CUP es un aliado de primer orden. Es por eso que pienso que la referencia efectuada por Pablo en Barcelona sobre algo tan fútil como el “abrazo” entre Mas y David Fernández, no cuadra con las “buenas maneras” que los portavoces de Podemos han utilizado con IU y con otras izquierdas, con el tono abierto y dialogante tan presente en los programas de “La Tuerka”.  David es el mejor parlamentario que la izquierda haya tenido jamás en el Parlament, alguien del que aprender, necesario para tender puentes.

Queremos dejar atrás un tiempo en el que el yo primaba sobre el nosotros, el nosotros es el criterio fundamental para avanzar en una aventura llena de riesgos y en la que no podemos equivocarnos demasiado.

Pepe Gutiérrez-Álvarez. Escriptor, Sant Pere de Ribes

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