¿Quién teme a la independencia catalana?

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Pepe Gutiérrez-Álvarez

No parece que el debate en las Cortes sobre  el “dret a decidir” que agita a la mayoría social catalana, haya suscitado mucho más que estupor.  Si acaso se trata de valorar quien la ha dicho más gruesa, yo voto por Rosa Díez.

Tampoco parece que la opinión pública haya mostrado mucho interés, ni que el patrioterismo español se encuentre en su mejor momento, hay otros problemas más grandes. Quizás no esté de más señalar que las diversas derechas tampoco hayan sacado a relucir de manera ostensible la existencia de una fractura interna, la existencia de una Cataluña antiindependentista.

Es por ello no sabemos a  cuales familias divididas se refiere el muy piadoso señor Fernández Díaz, esa gente que nunca aceptaría una discusión de calle en lugares donde el partido del poder suele aparecer con las maquinarias electorales. Se está favor o en contra de la independencia, pero incluso los que se dicen en contra por lo general no cuestionan este “dret” de los catalanes pro su propia cuenta, como votaron su estatuto. En cuanto a las voces en contra, no recuerdo a nadie que lo hiciera en nombre de la “unidad de España”  un baluarte que no parece contar con una presencia significada en las barriadas populares catalanas surgidas de la gran emigración de los cincuenta-sesenta.

Aunque en estos barrios hay mucha gente nueva, muchos emigrantes extracomunitarios, persiste una larga memoria quizás porque muchos los vecinos más antiguos lo conocieron cuando eran campos o incluso barracas, como sucede por ejemplo en L´Hospitalet que en un par de décadas (1950-1970) se convirtió en el pueblo con mayor densidad de población del Estado. Esa memoria le permite recordar  que la reivindicación catalana viene de lejos, que existen muchas naciones con conmemore tan masivamente el recuerdo de la fecha de su derrota, una derrota sin la cual Cataluña podría haber sido como Portugal.

Recuerdan que en las escuelas se les habló de una España mítica en la que no se oponían el sol,  pero que acabó arruinada por un Imperio que sostuvo unas clases dominantes atrasadas que fueron perdiendo todos los trenes de la historia. Al final del recorrido (1898), el Reino de las Españas ni tan siquiera convencía como Estado-nación…Tuvieron que convencer con la fuerza de las armas, aunque conviene anotar la existencia de un Vichy catalán liderado por Cambó que no quería una Cataluña dominada por los “murcianos”.

Las libertades catalanas acabaron “manu militari”, dando lugar  a una larga  y miserable postguerra durante arrasaron las instituciones, diezmaron sus cuadros políticos. Se impuso “la lengua del imperio” en la enseñanza, los medios de comunicación y espectáculos, los ámbitos cotidianos de la calle, administraciones, publicidad callejera, servicios de transportes…Una opresión agobiante. Más tarde,  incluso trataron de utilizar la  emigración para castellanizar por abajo, la estocada final.

Sin embargo, después de unos años de desconcierto, la resistencia obrera asumió a través de sus organizaciones rampantes (del PSUC y los demás colectivos de la izquierda radical), el “fet nacional”. Se trataba de combinar ambas cosas, los derechos sociales y los derechos nacionales. Así se hizo gracias a los cuadros militantes en barriadas,  fábricas, institutos. Este proceso culminó con la descomunal manifestación del 11 de septiembre de 1977  y también con una mayoría electoral de izquierdas (PSC-PSOE, PSUC, ERC con apoyada en el PTE que hizo de peón) que, empero, acabó dándole la vuelta a las promesas de la clandestinidad. Ironías de la historia,  la única institución republicana que aceptó la monarquía fue la Generalitat, pero liderada por Tarradellas  que puso las cosas en sitio. Entonces se desveló el programa real del PCE-PSUC, se trataba de negociar el pacto social a cambio de las libertades.

Un pacto social que tampoco fue el prometido –que lo pagaran los ricos-, en realidad significó la desvertebración de los movimientos sociales. El pueblo tuvo que dejar las calles para dejar paso a los profesionales de la política con las consecuencias ya conocidas.

Sería en este contexto de “profesionalización” y división de las izquierdas realmente existente que el nacionalismo convergente pudo hacer y deshacer su Cataluña. El rico imaginario emancipatorio catalán quedó para los museos para dejar paso al imaginario conservador personificado por el Pujol de hoy no toca.  La secuencia siguiente fue el “Tripartit” que fue la historia de una nueva frustración, la “externalizaciones” siguieron bajo otro manto. Las denuncias de corrupción se diluyeron en las comisiones adecuadas presididas por la izquierda, era como el chiste del que coge al dentista por sus partes y le dice, “Verdad que no me harás daño”. Fue en este escenario donde la gente empezó a hacer sus propias cuentas.

¿Por qué la hizo desde la catalanidad y no como en 1977? Pues porque mientras que el movimiento obrero casi había desaparecido como tal. Los historiadores que quieran estudiar esta descomposición justo cuando más agresiones sociales sufría puede seguir la pista de sindicalistas “profesionales” como José Mª Fidalgo y comprobar la denigración de los apoyos de comunistas y de una izquierda que se hacía llamar “alternativa”. Por el contrario, el pueblo catalán siguió manteniendo en pueblos y barriadas sus tradiciones culturales y comunitarias de forma que solo tuvo que ver un camino…No habría logrado ser tan amplio, tan masivo, sin el apoyo o al menos la complicidad, de las nuevas generaciones de “els altres catalans” que, en la mayoría de casos, se sienten catalanes sin renunciar a una doble o triple nacionalidad. Esta es una lección de la que el independentismo catalán tomó buena nota a raíz de la llamada “guerra de la lengua”, en la que se gestó el proyecto de “Ciutadans”, sobre todo después de que Aznar sacrificara a Vidal Quadras para poder  pactar con Pujol.

Aznar, Vidal Quadras…Nombres que nos sitúan ante una gran cuestión, a saber, ¿como reaccionaran los partidos del régimen?. Como lo hará una derecha que está hecha tener la iniciativa y que, como ya se pudo ver en el NO a la guerra. Cuando la práctica totalidad de la población se manifestó  en contra de la guerra contra el pueblo de Irak, pero ellos –imbuidos en su convicción de impunidad-  la hicieron con las consecuencias conocidas.  Y también que hará este  PSOE  que en 1982 echó siete llaves sobre la tumba de Pablo Iglesias y aceptó ser la izquierda de la derecha.

Pero las cartas están echadas. El pueblo catalán ha comenzado un desafío a al régimen de la Transición. No es por casualidad que lo haga en tiempos de agresiones sociales contra  la población trabajadora, ni tampoco que al mismo tiempo la izquierda institucional mire –verbalmente- hacia la izquierda, pero sobre todo que  emerjan fuerzas políticas rupturistas como la CUP y el “Procés Constituent”. Tampoco que la izquierda institucional trate de reforzar un discurso social y radical que antes les parecía anacrónico. Todo lo cual demuestra que alud soberanista se está traduciendo una creciente radicalización, en una bola de nieve que no hace más que crecer. 

Los que estamos por una consulta en la que todas las posturas son legitimas, creemos que esta bola de nieve tiene que caminar con los dos pies, el democrático y el social.

Pepe Gutiérrez-Álvarez. Escriptor, Sant Pere de Ribes

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